Prevención de la obesidad y del síndrome metabólico
La alta prevalencia de la obesidad es una realidad en los países industrializados y en los que están en vías de desarrollo. La información disponible indica un aumento acelerado del problema que, de no contenerse, puede tener repercusiones importantes en los indicadores de salud de muchos países. Es preocupante que, a pesar de la gran cantidad de investigaciones e intervenciones realizadas en otros países para prevenir y combatir la obesidad, particularmente en la infancia, aún no se cuenta con una estrategia idónea, aplicable a cualquier contexto.
La importancia de la prevención
de la obesidad radica en su naturaleza de enfermedad incurable y en los riesgos
que implica. Se ha sugerido que la obesidad debe tratarse de forma similar a
otras enfermedades incurables como el alcoholismo y el tabaquismo, donde la
eliminación total del alcohol y del tabaco es un aspecto fundamental del
tratamiento. El manejo de la obesidad es más complejo debido a que no es
posible eliminar los alimentos del entorno de la persona obesa.
La obesidad se desarrolla con el
tiempo y una vez instalada es irreversible y difícil de tratar. Además, las
consecuencias de la enfermedad se deben al estrés metabólico y físico
ocasionado por el exceso de peso crónico. Las consecuencias de la obesidad,
como las cardiopatías, la resistencia a la insulina, la diabetes mellitus tipo
2, entre otras, pueden no ser reversibles en algunos pacientes, incluso a pesar
de la pérdida de peso. Por otra parte, desde un enfoque poblacional, los
recursos destinados por el Estado son insuficientes para ofrecer tratamiento a
todos los afectados. El alto costo socioeconómico de la obesidad y del síndrome
metabólico, es la limitante más importante para lograr atención integral a
nivel nacional. En otras palabras, si se previene la obesidad, se abatirán los
costos de atención de pacientes con enfermedad cardiovascular o con diabetes
que hoy día representan las primeras causas de morbilidad y mortalidad en
adultos. De ahí la importancia de concentrar los recursos en actividades de
prevención y promoción de la salud.
Actualmente, una proporción
elevada de la población infantil y adolescente tiene sobrepeso u obesidad. De
acuerdo a las tendencias que muestran las encuestas nacionales de los últimos
años, la prevalencia va en aumento. Es indudable que el sobrepeso en la
infancia es un factor de riesgo de obesidad en el adulto, con todo lo que esto
implica respecto a comorbilidades que se magnifican al manifestarse desde
etapas tempranas por tener evoluciones largas. En vista de lo anterior, la
implementación de acciones efectivas de prevención desde la infancia debe ser
una prioridad de nuestros Sistemas de Salud.
A partir de un riesgo basal no
modificable debido a la carga genética, la expresión de la obesidad se da por
la acumulación de factores de riesgo a lo largo del espectro de la vida.
Algunas de las estrategias de prevención en cada una de las etapas vitales son
las siguientes:
En la vida fetal:
Prevenir
la nutrición materna inadecuada, sea deficiente o excesiva y el bajo peso al
nacimiento.
En la infancia:
Promover
la lactancia materna y los esquemas de ablactación adecuados y oportunos;
prevenir las infecciones y la desnutrición proteino–energética; vigilar la
velocidad de crecimiento; promover la actividad física y los hábitos
alimentarios correctos donde el consumo de frutas y verduras sea un elemento
central y fomentar el desarrollo de una autoestima adecuada.
En la adolescencia:
Promover
la actividad física y evitar el sedentarismo; promover hábitos alimentarios
adecuados, en particular el consumo de frutas y verduras y prevenir el
tabaquismo y el consumo de alcohol.
En la edad adulta:
Promover
la vida activa y la alimentación correcta, prevenir el tabaquismo y el consumo
excesivo de alcohol; promover la vigilancia de la salud: peso, tensión
arterial, glucosa, lípidos sanguíneos, atender oportunamente las alteraciones
de ésta.
La OMS, a través de la
Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura
(FAO), así como numerosas investigaciones han establecido que el elemento
central en la génesis de la obesidad es el desequilibrio energético, es decir,
se consume más energía de la que se gasta. De esto se desprende que una
alimentación adecuada y el combate al sedentarismo son elementos centrales que
deben formar parte de cualquier esquema de prevención.
De lo anterior surge una
pregunta: ¿La responsabilidad en el mantenimiento de un peso corporal saludable
y la consecuente prevención de la obesidad, es individual o compartida? Es
claro que cada individuo decide lo que va a comer de acuerdo con sus posibilidades
y si va a incrementar su actividad física. Así, los individuos podrían
beneficiarse notablemente por cambios en el ambiente que les faciliten un
estilo de vida saludable. De esta forma es posible apoyar las decisiones y el
esfuerzo individual con programas de promoción de la salud y de educación. Los
logros serán todavía mayores si al mismo tiempo se efectúan cambios ambientales
que apoyen el consumo de dietas correctas y la vida activa. La bondad del
enfoque ambiental radica y su cambio equivale a varias decisiones diarias por
un gran número de individuos, donde se tiene un alcance mayor, más sostenible y
con menor costo en el largo plazo. Esto es particularmente importante para
comunidades de bajos recursos donde se concentra el riesgo de obesidad.
Dentro de esta responsabilidad
compartida, la prevención de la obesidad debe darse en distintos niveles, desde
el individual hasta el legislativo. El sistema de salud debe tener un papel
crucial en la promoción de la salud y la prevención de la obesidad y del
síndrome metabólico a través de la orientación al personal y a los usuarios en
los distintos temas centrales como la promoción de lactancia materna, la
vigilancia del crecimiento, la promoción de una alimentación correcta y de una
vida activa.
La prevención debe ser una
estrategia prioritaria de salud pública que debe iniciarse en la infancia,
continuarse a lo largo de la vida y tener la participación activa y
comprometida del personal de salud junto con otros sectores de la sociedad.
Vale la pena insistir que cuanto más temprano sea su inicio, los beneficios a
corto, mediano y largo plazo serán más importantes, evidentes y eficaces.
